4
—Yo diría que fue eso. Mi vida fue una sucesión de malas decisiones. Todo el tiempo pienso que debería haberme dedicado a otra cosa, que debería haber estudiado en otro lugar o que debería haber tratado a mis padres de otra forma. Un error, tras otro, tras otro.
Eso lo dijo mi padre. Fue una conversación que había tenido hace mucho tiempo, incluso antes de encerrarme en mi habitación. A pesar de que lo que decía se podía extrapolar como algo muy negativo, en realidad era una conversación más bien amena; una charla que, de vez en cuando, tenía con él. Mi rol en esta instancia en particular era de oyente.
Estábamos en el comedor; él leyendo un diario como usualmente hacía, a pesar de que nada de lo que leía le gustaba y ninguno de los periodistas y noteros que escribían le agradaba. Yo me dedicaba, sin mucho éxito, a buscar unos cereales que ocasionalmente rellenaban los estantes de la cocina; se me habían antojado.
—Es extra?o, toda mi vida trabajé para intentar conseguir una mejor vida para mí; pero, en el instante en el que ustedes nacieron, todo eso me dejó de importar por completo. Si hay algo de lo que no me arrepiento, es de tenerlos a ustedes.
Mi padre era una persona estoica y alguien que estaba constantemente ocupado. Apenas podía verlo a la noche y había días en los que ni siquiera eso. A él sentía que lo podía entender mucho mejor que a mi mamá; sentía que razonábamos de la misma manera, quizá. Era la única persona con la que podía tener conversaciones muy largas y pesadas. Tal vez este era el caso porque no me detenía cuando había algo que no lograba entender; y yo hacía mi parte e intentaba seguir todo lo que decía a la mayor medida de mis capacidades. Por eso creo que, al menos superficialmente, entendía mucho más a mi papá que a mi mamá.
—?Qué estás buscando? —me preguntó, honrándome con un ojo que se permitió quitar de la tinta del periódico.
—Solo… —Penetré la oscuridad en la esquina de un estante con mi mano, probando suerte—. Esos cereales de chocolate…
—…?Los que tienen forma de elefante? ?Pensé que los habías dejado? Dijiste que desde ahora solo tomabas té verde o algo así.
—Se me antojaron… No es como que me dejaron de gustar…
—…Prueba en el otro cajón; si no están allí, tu hermano se los terminó.
Hice lo que me sugirió y comencé a hurgar por los comestibles.
—Pa.
—?Sí?
—Si pudieras volver en el tiempo y estudiar lo que realmente te gustaba, ?lo harías? —le pregunté distraídamente, mientras quitaba unas cajas de té del camino.
—Por supuesto —me respondió al instante.
—Entonces no habrías conocido a mamá.
—Pero, si volviera en el tiempo, ustedes no existirían y mi relación con su mamá tampoco, por lo que no sería un problema.
Sabía que no había malicia en lo que me estaba diciendo; era solo lo que genuinamente pensaba. Su forma de pensar era que yo, al no existir, no sentiría ningún tipo de tristeza. No estaba haciendo ningún agravio, porque no había nadie a quien agraviar. Y yo lo entendía, por lo que no sentía tristeza ni, mucho menos, ira por sus palabras.
—Por eso es tan extra?o esto de haberlos tenido. Se convirtieron en lo más importante de mi vida. Todos mis arrepentimientos por haber estudiado mal o haber escogido la profesión equivocada siguen existiendo; pero para nada me arrepiento de haber conocido a tu madre y haberlos tenido a ustedes.
—?Quizás sea instintivo? —sugerí.
—Sí. Probablemente es un instinto arraigado en la naturaleza humana.
La caja parecía no estar ahí. Quité mi cabeza del cajón y observé tontamente los alrededores de la cocina. Mi padre seguía con la cara cubierta por el diario.
—Aun así —dijo—, creo que es un lindo instinto para tener.
—?Ah! ?Ahí están!
Los cereales estaban en la mesa, al frente de mi papá, quizá el lugar más obvio de toda la sala. Probablemente, mi hermanito se había servido un plato y los había dejado ahí de manera descuidada.
Tanto que los había buscado. Y estaban ahí.
—Estaba esperando que te dieras cuenta —dijo mi padre, con una leve mueca en su rostro; un extra?o caso de muestra de expresión de su parte.
5
Blanco.
Me caí en mis brazos, soportando el dolor, porque lo último que pasaba por mi mente eran mis heridas. Atravesando una cantidad asfixiante de sentimientos, aullé melancólicamente.
Incluso ahora, con cobardía, con miedo, con debilidad… Incluso ahora, no quería decepcionar a mis seres amados.
Un nudo enorme se formó en mi garganta. Mis lagrimales ardían mientras me aferraba de manera dolorosa al suelo.
—Te decidiste, entonces —determinó Mira.
—?Sí…! —asentí con un gemido.
—Sabía que no permitirías que esto termine aquí.
Mira se arrodilló y levantó nuevamente mi rostro. No estaba llorando, pero mis ojos se humedecían. Mi expresión era tensa, adolorida y sufrida.
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—?Perdiste a tu familia?
—?Sí! ?Los perdí para siempre! ?Nunca los volveré a ver!
—Y, aun así, deseas trabajar para quererte a ti mismo.
—?Sí! ?Es lo que mi familia habría querido! ?Es lo que yo quiero también!
—Pero, aunque los hayas perdido, no tienes por qué estar solo.
No entendí qué quiso decir y, antes de que pudiera hacerlo, Mira posó sus labios sobre los míos. Luego de unos segundos se separó de mí.
—Yo puedo ser tu nueva familia.
Todo mi rostro se sentía caliente. Mira produjo un cortocircuito en mi cerebro que no me permitía producir ni el más mínimo pensamiento coherente.
—Heiko Inovatio.
Al decir eso, me arropó en el suelo con una capa verde que, combinado con el calor en mi rostro, me hacía sentir una inmensa calidez. Por un momento, recordé cuando me colocó el trapo en la cabeza en aquel callejón.
—Te vincularé a la familia. Quizá la familia que alguna vez tuviste no la podrás recuperar, pero nadie dijo que no puedes formar una nueva. Yo estoy dispuesto a hacerte parte de la mía.
Una persona que jamás podría entender.
—?E-Está bien? ?Eso… está bien?
—Por supuesto. Esta capa y esta insignia —acarició un pin colocado en la vestimenta—, lo demuestran.
Me arropé lo más que pude en la capa verde.
—Pero, aunque pueda proporcionarte esto, yo no puedo darle una solución a los recuerdos de tu familia. No te puedo hacer olvidar y tampoco puedo hacerte aceptar su pérdida. Yo no tengo tanto poder.
Asentí. Por algún motivo, sus palabras me hicieron sonrojar aún más.
—Entiendo… Esta capa es más que suficiente… No es necesario que hagas más por mí.
Mira se quedó callada por un tiempo. Esperé y levanté la mirada de nuevo, solo para encontrarme con ella sonriéndome de la misma manera que antes.
—Entonces ve, continúa trabajando; eso es lo que prometiste. Y yo siempre estaré a tu lado para ayudarte…
Asentí. Mira me había dado tantas fuerzas que levantarme otra vez no me resultó ningún problema. Acomodé la ropa encima de mi cuerpo. Era un manto que casi llegaba al suelo cuando estaba parado; la insignia servía para atarla en el frente. Sentía que le faltaba alguna parte más, ya que era algo que no debía usarse encima de una camisa.
Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se formó en mi rostro.
Mira se levantó y se hizo a un lado, permitiéndome pasar.
—Gracias, Mira. Voy a trabajar.
Mira asintió, esta vez con su sonrisa de siempre y las manos sobre las caderas.
Caminé hacia la puerta y la atravesé sin ningún problema.
***
—En este momento, solo él se puede ayudar. Nadie le puede hacer ese favor… Todo queda en tus manos… Yo ya hice lo que pude.
Mira decidió descansar unos segundos en la habitación de su nuevo vinculado. Sentada en su cama, tan solo alcanzando a acariciar lentamente, con su dedo pulgar, sus labios.
***
Caminé fuera del cuarto hasta alcanzar el patio trasero de la residencia. Toqué la capa y la sostuve con fuerza. Brindaba mucha calidez por sí sola… Apenas era capaz de sentir la frescura del viento. Luego de sostener la capa, mi mano vagó por mi cuerpo hasta alcanzar el pendiente. Lo abrí nuevamente y me mostró un brillante naranja. El naranja era algo similar a felicidad; quizá era un color reconfortante.
—Supongo que, verdaderamente, puedo decir que soy feliz en este momento —le confesé a las estrellas.
Por más que quisiera pensar lo contrario, era innegable. Lo que había sucedido recién me había hecho feliz. La idea de tener a Mira cerca me hacía feliz. Y era feliz, a pesar de que el recuerdo de mi familia era uno amargo.
Era feliz. Era feliz a pesar de que toda mi familia probablemente estaba triste. Era feliz, a pesar de haber injuriado a toda esa gente que no hizo más que quererme con todo su corazón. Era feliz. Tenía que admitirlo: en este momento, era feliz.
Levanté mi brazo izquierdo, que ya no me dolía tanto.
Por algún motivo, imaginé una llama encima de mi dedo. Imaginé su calor, imaginé su color, imaginé su composición, imaginé su forma, imaginé todo lo que era capaz de imaginar de ese objeto inexistente. Imaginé, hasta sentir ese cosquilleo en mis dedos, esa sensación de algo que estaba por venir.
Pero entonces, la imagen se empezó a volver borrosa.
6
Una llama. En la cima de una vela encendida, había una llama.
Recuerdo esto. Fue mi último cumplea?os, mi cumplea?os número diecisiete.
Lo había celebrado únicamente con mi familia cercana; todos ellos estaban rodeándome en este momento. Nos habíamos colocado alrededor de la mesa redonda de nuestro comedor. Me estaban cantando el feliz cumplea?os, cada uno con su propia expresión. Para mi mamá, una expresión amorosa. Para mi hermana, una expresión emocionada. Para mi hermano, una sonrisa divertida. Para mi hermanito, una sonrisa explotada de alegría. Para mi padre, una sonrisa satisfecha.
Todos aplaudían al unísono, mientras me cantaban el feliz cumplea?os. Todos aplaudían y cantaban y yo no podía evitar sonreír.
Tenía mi torta y encima de ella había una vela, sin números ni nada, solo una vela. Su fuego se movía de manera constante, reaccionando a cada aplauso de la mesa y cada soplido accidental de las personas agitadas a su alrededor; era como si estuviera vivo. En ese momento, todo lo que existía en mi mundo eran las personas en esa mesa y la torta con su vela.
Mi madre se acercó cuando la canción estaba por terminar y me dijo al oído:
—?Recuerda pedir un deseo…!
El fuego se movía, ondeaba de un lado a otro, como si estuviera vivo.
Terminó el canto y soplé la vela.
7
No podía evitar verlo como si fuera una ilusión.
Había una llama encima de mi dedo levantado.
La observé atónito, paralizado, unos segundos. La observé y la observé, asegurándome de que no fuera parte de mi imaginación. Mi labio comenzó a temblar desesperadamente, mis párpados empezaron a picar con violencia, mis dientes chasqueaban sin parar. Sin embargo, esta vez, las lágrimas lograron escapar.
Caí al suelo, manteniendo el fuego sobre mi dedo, abrazándolo como si fuera lo más preciado en el mundo… No, era lo más preciado en el mundo, porque-
—?Incluso después de todo esto, ustedes me ayudan de nuevo…!
Sostuve la llama, lo más preciado en el mundo, y partí en llanto. Esta vez no tenía náuseas, no sentía que el suelo estuviera temblando, no sentía miedo, no sentía confusión. No sentía nada de eso porque, esta vez, ellos me ayudaron de nuevo.
Ese amor incondicional de mi familia quizá no tenía un sustento lógico, quizá no tenía una razón de ser; pero era indudable que aquí, en la punta de mi dedo, había adquirido una forma física, una forma que uno podía tocar. Ese amor era real, no había cosa más real que ese amor. Un amor que trascendía la realidad, que iba más allá de los mundos. Ellos eran reales. Y que perdí para siempre el privilegio de verlos también era verdad… Pero que quería hacerlos felices, incluso si la tela de una realidad nos mantenía alejados, también era cierto. Quería decirles que tenían razón, que yo era capaz. Quería enorgullecer a mi mamá y a mi papá. Quería ser un buen modelo para mi hermanito y un buen compa?ero para mis hermanos. Incluso en otro mundo, quería ser todo eso. Todo ese amor, todos esos deseos, existían. Incluso ahora, existían.
Lloré todo lo que quería llorar, todo lo que no había llorado y todo lo que tenía que llorar. Lloré por cada una de las personas que tanto amaba. Lloré para prometerles que no iba a decepcionarlos nunca más y que haría hasta lo imposible para que todo lo que ellos deseaban de mí se convirtiera en una realidad. Aquí, frente a la manifestación de nuestro amor verdadero y real, lloré.
La llama se movía de un lado a otro, reaccionando a cada viento que acariciaba su exterior. La llama se movía de un lado a otro, como si estuviera viva.
No, estaba viva.

